Polvo
serás, más polvo enamorado
Quevedo
Muchos conocen vida, amores y hazañas de
Tristán y el Caballero Negro. Otros saben que hubo un caballero Guardián de la
Copa. Muchos murieron buscando el Grial. Muchos viven buscando el Grial.
Mas
nada saben de las tres muertes, el fin de Tristán, del Caballero Negro y del
Caballero Guardián de la Copa.
Quedó
la leyenda de Tristán. Yo suelo recordar sus bellos poemas. Y su mejor canción,
la más dulce y arrobadora, soy incapaz de cantarla, mas tengo la maldición de
la memoria y aún en los sueños, creo que la oigo nuevamente y me despierto
creyendo que él no murió. Su muerte ocurrió en la era en la que perecí yo.
Aún
recuerdo nuestras primeras palabras a orillas del río, cuando él cantó su dulce
canción y nos trenzamos en bello combate. Y recuerdo el combate postrero,
cuando abandonamos las caricias en el pasado para no volver jamás, por su
frágil memoria. Mas mi memoria es más fuerte que su muerte y que mi tumba, los
antiguos versos que han olvidado.
Recuerdo
cuando él se arrojó sobre mí, espada en mano, y cercenó su propio cuello, pues
todos los hombres matan lo que aman.
Pero
algunos mueren por ello.
No
los aburriré con los versos que todos viven aunque olvidando, ni con las
paradojas que tal vez nadie quiera comprender. Tan sólo deben saber de esa era
lo que la hizo dorada, su triunfo aún en la muerte, su valor en su derrota
final y confiar en que volverá y en que volveré a contarles la historia, la
misma, con todas las voces de esta vieja canción, ya fenecida pero aún bella,
aún joven, aún milagrosa.
Sepan
ustedes que Tristán tuvo un hermano pequeño a quien amaba. Se llamó Roderic.
Tristán, caballero y poeta de justa fama, era el campeón de los torneos
entonces. El único guerrero que le hacía sombras en las competencias
caballerescas era un caballero que se escudaba en negra armadura y del que
jamás se supo el nombre. Lo llamaban el Caballero Negro y aparecía raras veces.
Tristán y él no se enfrentaron jamás en el campo de honor. La gente murmuraba
que ese negro caballero tenía el brazo de Tristán, cuyo valor irreductible era
de todos conocido y su rostro, poemas y amores también.
Por
eso, damas, caballeros y siervos aclamaban a Tristán y denostaban al Caballero
Negro a sus espaldas cuando éste se iba, vencedor, sin llevar jamás el premio
que había ganado en justa lid. Simplemente él vencía y se iba, para no volver
si que pasara un largo tiempo.
Roderic
era un niño el día que Tristán venció en su primer torneo.
Ese
día el niño juró ser un caballero como su hermano. Pero también supo lo que era
el miedo. Y temió no ser jamás un caballero.
Creció
y se convirtió en un muchacho hermoso. Con la estatura de un hombre y el rostro
de un niño, Roderic era bello como Paris y de indolente y caprichoso carácter
como él. Periódicamente, veía a Tristán partir en viajes que duraban largo
tiempo, a veces tan largo tiempo que Roderic temía que su hermano hubiera sido
muerto en la postrer batalla en la que luchan, mueren y aman los caballeros
fieles.
Pero
la verdadera historia de esa postrer batalla no comienza en un torneo ni en una
guerra.
Comienza
con Roderic en un prado, a orillas de un río cristalino y puro.
Roderic
contemplaba las aguas tranquilamente cuando vio un brazo níveo, delicado y
pequeño y luego otro brazo de igual blancura, agitándose y formando un
remolino. Se descalzó y se arrojó al agua y al fin rescató un cuerpo frágil,
rosado y blanco, más semejante al espíritu de una ondina que a una mujer de
carne y hueso. Su cintura era escurridiza, como una serpiente, más el contacto
con ella era blanco y suave.
--Gracias,
valeroso caballero.
--Me
confundís. No soy un caballero.
La
ondina lo miró con profunda atención y se quedó pensativa un momento. Mientras
se desenredaba el caballo oscuro y largo con los dedos, hizo mil preguntas que
Roderic respondía, algo confuso y compungido, seguramente porque la muchacha,
de voz dulce y suave, lo tomara por un caballero cuando no lo era.
--Mírate
--le decía ella--. Eres bello como un dios. Mírate en las aguas del río.
Así
lo hizo Roderic y se vio con yelmo en el espejo del río. Se tambaleó y la
ondina lo sostuvo, riendo.
--Todos
tus sueños están del otro lado del espejo. ¿Eres tan valiente para pasar por
él? ¿No quieres ser grande como Tristán, tu hermano?
Luego
se recostó, invitando con un gesto a Roderic a hacer lo mismo, y cuando él lo
hubo hecho, ella lanzó una breve carcajada.
--Duérmete,
Roderic --dijo--, en mi regazo y serás en tus sueños el más valiente caballero
que haya pisado la tierra.
Roderic
se iba adormeciendo con cada palabra y finalmente quedó dormido. Sintió
entonces un pesado cansancio, como si hubiera recorrido un largo camino, y un
calor creciente. Fuego. Atravesaba el Infierno. Eran muchas sus heridas,
infinito su cansancio, pero avanzaba y luchaba sin rendirse y conquistaba lo
que valía más que el mundo conocido y que el arrasado Infierno. Y una mano
blanca le ofrecía su trofeo, y luego la paz, la paz serena e infinita.
La
Muerte. Un desierto era el lugar donde antes todo fuera cantos de pájaros. Y el
sol calcinante, el dolor de su herida, el correr de su sangre le decían que
había despertado.
Él
despertaba malherido bajo el sol que cruelmente hería sus ojos y a su lado
había una copa de madera. Quiso beber de ella y nada contenía. Tenía la
garganta ardiente por la sed y estaba desesperado por el dolor de múltiples
heridas. Lloró llamando a su hermano. Lloró arrepentido por pecados que no
había cometido.
Pronto
sintió el galopar de un caballo que se acercaba. Sobre él venía Tristán.
--Tristán
--gimió Roderic--. Ayúdame. Duele mucho.
Tristán
descabalgó y se acercó unos pasos. Su rostro era sombrío y en él se adivinaba
la cólera.
--¿Qué
haces con esa copa? ¿Quién te dijo que fueras en su busca?
--Duele...
Tristán, hermano mío, ayúdame.
--Ahora
no soy tu hermano. Ahora no eres más que alguien a quien debo matar. Yo soy el
Caballero Guardián de la Copa. Ahora responde: ¿quién?
--Ella...
ella me hechizó. Era bella y me hechizó. Cuando me dormí era sano y feliz.
Ahora despierto y estoy muriendo. ¿Qué pasó, Dios mío?
Roderic
lloraba.
--No
te odio --gimió Tristán--. No puedo odiarte. Te amo y te compadezco. Juro por
la sangre de Cristo que, sea quien sea ella, la hallaré y la mataré como a un
perro. Pero yo soy el caballero Guardián de la Copa. Y tú profanaste su refugio
sagrado. La tomaste con tus manos humanas. La llevaste a tus labios...
--Me
prometió que viviría la más bella aventura. Me prometió su mano. Me dijo que
todos me admirarían, que el Rey me recibiría en su corte, que sería un
caballero igual que tú. Y ahora debo morir...
Su
rostro juvenil estaba crispado por el dolor y la angustia.
--...
y ahora debo morir.
Tristán
miró la copa vacía y luego a Roderic con tristeza. Retirando la tela
ensangrentada, le descubrió el pecho, abierto en una cruz.
--Escucha,
Roderic --dijo--. Yo no voy a matarte. Pero tus heridas son mortales y no
tienen cura. Has de morir...
Miró
ese rostro tan joven y tan tempranamente herido y volvió la cara para que él no
pudiese ver su llanto.
--Quiero
vivir. Tristán, yo estaba con ella, acostado a su lado, ella me hablaba y me
dormí. Entonces soñó con el Paraíso. Lo guardaban dos caballeros. Yo los maté,
a los dos. La puerta estaba ardiendo. Yo atravesé el fuego. Luché con un perro
gigantesco. Le corté la cabeza. Luego vinieron hasta mi serpientes, cientos de
ellas. Me mordieron hasta el corazón. Pero yo seguí adelante y atravesé
pantanos y laberintos y la encontré a ella. Yo sangraba, estaba herido, y ella
estaba allí, hermosa y blanca, la visión más hermosa que haya tenido jamás.
Ella me dijo, Tristán, ella... me dijo.
"Bebe de esta copa, Roderic. El vino es
dulcísimo.
"Y
yo bebí y era dulce, muy dulce. Y me besó y dijo: Te curaré, y derramó sobre mí más vino... Y el corazón ardió, ardió
y ella hundió su boca en mi pecho. Y ya no tengo corazón...
"No
lo siento... Hermano, ¿iré al Infierno?
Tristán
suspiró. Miró al cielo. Era profundo y límpido, sin nubes.
--No
irás al Infierno. Mira allá arriba, esa transparencia, ese celeste infinito. Es
como un gran río donde estaremos juntos otra vez.
Roderic
cerró los ojos y gimió.
--No
me dejes. Voy a morir.
Tristán
no respondió.
La
respiración de Roderic se fue haciendo menos agitada y finalmente callaron sus
gemidos.
Tristán
entonces se puso de pie. Se colocó el yelmo, levantó la copa. Y se alejó.
A
la puesta del sol, Tristán volvió. Malherido, con la armadura despedazada y sin
yelmo, tenía un gran tajo sangrante cruzándole la cara y un cerco rojo,
lánguido, que rodaba su cuello. Ya no llevaba la copa. Bajó del caballo y ése
se desplomó, sangrando por la boca. A duras penas se acercó a Roderic.
Le
tomó la mano. Estaba fría.
Se
recostó a su lado.
Se
acercaba la Noche. Una primera estrella estaba alta en el cielo. Otras había
cuyo pálido reflejo se advertía en el horizonte.
Tristán
apoyó la cabeza ensangrentada en el pecho abierto de su hermano.
Sus
sangres se mezclaron.
Cayó
la noche y las estrellas brillaron con todo su hermoso fulgor.
Por
última vez, alzó los ojos al cielo. Y vio un río de plata.
Cerró
los ojos para morir.
El
cielo, ese río estrellado y de plata, o ese sudario más inmenso que la tierra,
fue surcado por sus dos sombras hermanas en la muerte como en la vida eterna.
Muchos
caballeros partieron en busca del Grial.
Pero
nunca más una humana boca se posó sobre él. Nunca más lo vieron ojos humanos.
Y
en la agonía de Roderic, una vez más sangró Cristo. Y con Tristán murió el
mejor y más valiente caballero.
Allí, del otro lado del espejo, nadie se
atreve a llamarme bella. Me llaman el Caballero Negro.
© 1999
Paula Ruggeri

grossa Paula
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