“Tree-Chained Birds” by Eugenia Loli.
Mi cuervo
La historia del mundo se encuentra atravesada por una gran lista de fracasos; algunos son importantes, otros no. La importancia de los mismos se mide a partir de visiones individuales e históricas, la lista de fracasos de un estudiante de filosofía será muy diferente a la de un periodista/investigador/escritor de dudoso talento y exigua formación. Espero ser claro y, para graficar mejor la idea, ensayaré en este espacio una sucinta y muy muy personal lista de fracasos históricos:
- El fusilamiento de Severino Di Giovanni
- La revolución Cubana
- La primera vez que me enamoré
- El Reagge made in cualquier otro lado que no sea Jamaica
- La horrible newyorican bataclana ready made Dancing in the street perpetrada por el dúo Bowie-Jagger (puajjj!; en qué estabas pensando Davie?).
- El propoleo.
- El viaje a Córdoba de Gustavo Fernández
He aquí la historia de un fracaso intrascendente para la historia universal, aunque importantísimo para la historia personal de un servidor. Ahora estoy en viaje hacia algún lugar del noroeste para pasar una temporada con..., con alguien que tampoco quiere que su nombre sea publicado, y esto es lo que sucedió en la primeras horas del tres de marzo ahí afuera en Retiro, mientras la mitad de la ciudad dormía y la otra mitad se ocupaba de sus asuntos. Y resulta ser que yo fui el asunto de alguien.
...ni mi nombre...
...ni mi descripción física...
...ni nada...
Retiro. Veintitrés cincuenta y ocho. Avisan por los parlantes que el ómnibus de las cero horas con destino a Córdoba Capital saldrá a la una cero cinco por la dársena veinticinco. Tiempo muerto: revistas de rock, chicas en pollerita y tabaco. Deambular por la nave Retiro, por sus pasillos llenos de negocios de chucherías. Cuchillos de Rambo, brújulas, discos de oferta, peluches descoloridos, cajeros automáticos vacíos. Los pasillos curvos son realmente inquietantes. La luz amarilla, la mugre, los viejos que duermen con la espalda apoyada en la pared y roncan y tosen y se les caen los mocos y en sueños se los limpian con la manga de la camisa. La sinfonía nocturna de las ciudades alienadas. La peor pesadilla de la modernidad mostrando los dientes en cada rincón. Los chicos del poxi me hacen recordar un cuadro pintado por un joven Luca Prodan: un maestro de música (lo distinguimos por la batuta al aire y su traje negro) de espaldas, dirige un coro de niños sin rostros. Cabezas redondas con pequeños ojos negros y poco pelo en sus cabezas. Cabezas/globos con ojos de liebre muerta y rosáceo color salud irlandesa. Los chicos ricos pueden estar tristes, pienso, pero siempre tienen más opciones. No hay opciones para los chicos poxi. En palabras de Ayelén Ripster:
algunos perros
sólo
conocerán ese cielo.
Cero cincuenta y cinco. Estoy parado en la dársena veinticinco, el viento pega fuerte en dirección sudeste y la tormenta está al caer. Espero fumando en una columna que me dejen subir al micro. Un hombre se acerca. Usted es periodista?, escupe sin más. Es automático, es instintivo, es irrefrenable, está en mi ADN o es sólo otro mal vicio: mi mano se mueve sola, entra en el bolsillo del piloto y enciende el grabador.
-Sí... usted cómo sabe?
-Usted es el del diario... lo reconocí por la foto.
-Le gustan las notas?
-Sí, me parece que usted es un cínico que lucra con la ignorancia ajena y que se caga de risa de los pobres infelices que creen en esas pavadas... y eso a mi me divierte. – Me extiende su mano mientras me dice lentamente su nombre completo y correspondo el saludo – También me parece que no es ningún caído del catre, Fernández, y que sabe que algo de verdad hay en todo esto. En el ambiente somos pocos y sabemos todos los pecados de todos, no es así?
-No sé de qué ambiente me habla...
-Yo sí, Fernández, y en el ambiente que me muevo usted está muy bien visto. Un tipo respetuoso...
-Bueno, me alegro...
-Hace bien en alegrarse... y una cosa: ni nombre, ni descripción física ni nada.
-Cómo?
-Lo que escuchó, Fernández, que desde acá puedo ver la lucecita roja del grabador...
-Ok.
Ni nombre, ni descripción física ni nada.
Digamos que una sombra, o mejor un cuervo, se posó sobre mi hombro y dijo:
“Eso no es nada nada bueno, lo de Jiménez fue tan obvio, tan obvio que bueno... a usted, no, a usted no lo van a matar, pero lo van a sacar carpiendo... o usted qué se piensa...? que lo van a dejar llegar al lugar tan tranquilo, como pancho por su casa?; no, querido, no es así... usted no llega al lugar, ni que se pase dos años en Córdoba... qué? Que a ese lugar se llega en colectivo...? por favor, Fernández, hágase un favor y deje de decir pavadas... el colectivo va hasta donde digan ellos y si ellos quieren el colectivo no sale... sí, sí, sí... tan poderosos son, son como príncipes, digamos que son los que bajaron del May Flower del ocultismo... no, no, no, yo bajo en Rosario. No, yo no le digo que no vaya, haga lo que quiera, hombre, usted es grande... yo no iría a perder el tiempo... los tipos son grosos, me entiende...? no, no entiende lo que le digo... pero bueno, vaya y vea, hombre que para eso le pagan al final, o no...? Yo...? no, jamás... porque bueno... mire, yo creo en otra cosa; cómo explicarle...? Se acuerda de una vez que hizo una nota sobre las ofrendas a Tranca Rua de las Almas...? se acuerda?; digamos que yo soy el que recolecta todas esas ofrendas y se las hago llegar a Tranca Rua... vio que fresco que está? Van a llover bigornias, yo sé lo que le digo... No, no, Umbanda no... digamos que yo soy un resumen de todas las creencias africanistas... no, no tengo ningún templo y no, no me interesa que hagamos una nota para el diario... que es lo mismo que decir que yo no quiero que usted haga una nota para el diario... así que pagan bien...? No, yo creo que tendría que aprender a escuchar lo que le dicen, Fernández... desde que estamos hablando que me parece que no me escucha, que no me entiende... Ve mis lentes, sabe de que son...? De marfil, sabe usted lo que cuesta el marfil y lo que dura... podríamos decir que estos lentes nacieron conmigo, antes que usted, y cuando usted se muera todavía alguien lo va a estar usando... su trabajo en un imán de oligofrénicos, aunque algunos no están enfermos, algunos creen demasiado en lo que ven y otros desconfían mucho de lo que ven. Pero siempre hay algo para ver. Siempre, no lo dude... yo sé que usted no lo duda. Yo le puedo decir cualquier cosa, de hecho le he dicho ya alguna cosa que sacada de contexto sería una barbaridad, pero usted ahí se ve, inmutable... y hasta amable e interesado... sí, sí, muchas gracias, sé que soy un tipo con el que da gusto hablar... es casi hipnótico lo mío... sí, no crea que es casualidad, yo he estudiado oratoria con grandes profesores, grandes científicos, sí... huele? mmmm... qué es ese olor en mi campera... siente, lo siente? Efectivamente, si abre un poco más los ojos se le salen como a un pequinés Fernández... sí, es azufre... efectivamente, soy un demonio menor encerrado en un cuerpo mortal, aunque eterno... naaaaaaaa, mentira, mentira, lo que pasa es que uno lo ve y le dan ganas de mentirle, Fernández, usted está en busca de las grandes historias que quiere contar y bué... a uno le dan ganas de hacerle un chistecito... sonría, Fernández, sonría... tiene un linda sonrisa usted... bueno, mire, lo tendría que dejar, ha sido un gusto... que bien que da la mano, hombre, aprieta lo justo y mira a los ojos... en algunos ámbitos eso sería catalogado como un gesto de educación. Espero que le vaya muy bien... no, espere, una cosita más, acérquese que no quiero levantar la voz... la verdad es que sí, es que me mandaron para decirle que no vaya, que se quede acá, que vuelva con su cielito - Cielito- y duerma cucharita que hoy va a haber tormenta... y sabe qué...? que la va a pasar feo... no, Fernández, mentíiiiira, una mentirita nomás... no se asuste, es todo mentira. Todo eso no existe, sino, su vida sería un castigo, Fernández... yo no sé el nombre de su novia, fue en sentido figurado... su cielito, su amor, su novia, su novio, su amante, su... no sé... su algo... no se ponga paranoico... tiene los ojos rojos, se ve que no duerme muy bien... probó con un vaso de agua debajo de la cama? Dicen que funciona... Yo lo conocía a Jiménez... sí, si parece que fue ayer que lo llevé al borda... se acuerda, creo que está en una de sus notas... yo lo iba a ver al teatro, era muy bueno, un poco histérico para mi gusto, pero qué puedo saber yo de arte...? No, no, no yo no lo acompañé al hospital... yo me quedé arriba... nooooo, Fernández, mentíiiiira, otra mentirita... no sea así de cagón, hombre, se lo van a comer crudo cuando llegue... si es que llega, no? Porque está dudando, no? Síiii, si se le nota en los ojos... usted no está muy bien, no? Está medio pálido, o por ahí es la luz... bueno, le repito, yo no iría... la verdad es que creo que no va a sacar nada en claro, no creo ni que pueda a llegar ni a un kilómetro de descubrir algo... le puedo decir algo...? qué mentira esa foto del pomberito con cuernos... fue demasiado... y mire que soy fan, eh?... si usted dice que sí, sí...vaya uno a saber... Mire, Fernández, para ponerle el broche de oro a esta charla, la frutilla del postre, la guinda sobre el helado, el dulce de leche que hacía su abuela en San Vicente sobre el budín de pan de esta charla, le propongo esto: escriba otra nota, escriba una que se llame cómo perder un ómnibus a Córdoba hablando con un alguien al que le pagaron setenta pesos para que le haga perder el micro... es mejor que escriba eso a escribir lo que está pensando que soy ahora... qué va a poner, eh? perdí el micro por entablar una afable conversación con un demonio menor... jajajja, no soy un demonio, usted me sobreestima... o sí, puede ser, por qué no, pero dejémoslo en que soy solo un pobre tipo al que le pagaron setenta pesos... un tipo que no sabe absolutamente nada sobre lo que está hablando, un tipo que puede ser un asesino, un psicópata, un ente, un demonio o algo por el estilo; pero a efectos del caso, hoy, no soy más que el que le hizo perder el micro... con permiso, Fernández, tengo asuntos que atender en el fondo de aquél pasillo... lo invitaría a ver qué sucede allá... pero no creo que sea conveniente en su estado... va a haber olor a azufre... nooooooo, otra mentira así de chiquita... nos estamos viendo... saludos a Cielito... no ponga esa cara, eso me lo dijo usted.”
Sea lo que sea,
se aleja mi cuervo de setenta kilos.
Sea lo que sea,
perdí el micro a Córdoba.
Sea lo que sea,
mi fracaso es mucho
mucho
mucho
menor que mi miedo.
Detalles escatológicos aparte, no me moví de esa columna hasta que el Sol salió y Retiro me pareció menos terrorífica. Estúpida pero esencial, la confianza en la luz, la tranquilidad de hacer como que todo es más claro. Todo sigue existiendo a pesar de la luz, pero nuestro cerebro se relaja y las punzantes oleadas de terror comienzan a mermar. Un paso, otro paso y ya estamos comprando cigarrillos y caramelos con el vuelto. Caminamos despacio y nonononono entramos en el baño. Ahí adentro no llega la luz. Sacamos un pasaje a algún lugar y esperamos que llegue nuestro micro.
Sea lo que sea, mi cuervo dio en la tecla; si La Cultura no quiere que yo vaya e investigue, ya está, lo han logrado. Ya en viaje hacia algún punto del noroeste, todavía tengo miedo. Y les juro que me encantaría tener un gesto rebelde y noble y describir a mi cuervo y darle un pequeño disgusto si es que fue mi cuervo y si es que sabe cosas de mi vida y si... y si nada.
No soy Alan Yates y no me importa ser un héroe. Soy Gustavo Fernández y realmente tengo miedo. Necesito desaparecer un tiempo, necesito que el recuerdo de los lentes de marfil se evapore, necesito calma y un baño caliente y ropa limpia. No puedo dejar de mirar por la ventana y sentir que algo – mi cuervo, mi cuervo, mi cuervo- está ahí y me vigila.
Ni una palabra más sobre La Cultura. Nunca más.
---Gustavo Fernández

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