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viernes, 2 de octubre de 2015








1.

Tuve mi año de terror en 2004.
A principios de Enero fui al cine Cosmos a ver “Audition” de Takashi Miike. Me acuerdo de la protagonista arrodillada de espaldas, de su nuca pálida. Miraba un bulto envuelto en una sábana en el medio de su departamento. El bulto se movía de golpe. Una lengua suelta saltaba en un charco de sangre. El bulto era un hombre cautivo, amputado.
Al otro día me inscribí en un taller de Introducción al Guión en Palermo. Lo coordinaba una guionista egresada del CYEVIC. Dirigía, producía y era muy buena docente. En dos clases y tres pasos sencillos nos enseñó a escribir escenas.
Yo venía acumulando cuentos raros desde mi adolescencia. Siempre escribía lo mismo: un alma en pena relatando su destrucción física. Mi objetivo era adaptar esas historias a un guión de terror, y de ser posible, dirigirlo. No contaba con herramientas ni contactos dentro del ambiente. Mi película nunca pasó de ser un sueño.

2.

Tenía treinta años, vivía en Benavidez con mis padres y mi novio se llamaba Guillermo. Él tenía 25 y alquilaba un departamento en Olivos junto a su madre y su hermana. Iba a un taller de actuación y dibujaba en un fanzine junto a sus ex compañeros de la Escuela Argentina de Historieta. Su padre había fallecido de cáncer en 2002. Su madre y su hermana habían intentado suicidare y tomaban medicación psiquiátrica.
A mediados de Enero, Guillermo estaba buscando castings en Alternativa Teatral y encontró una solicitud firmada Videotomía Films. Pedía actrices profesionales o amateurs para un film de terror en proceso, dispuestas a participar de una escena de sexo con un muñeco. Me mandó el link por mail porque le había parecido muy gracioso. Para entrar en el sitio de Videotomía había que hacer click en un cerebro atravesado por un VHS. Decidí mandar un mensaje y ver hasta dónde llegaba la joda.
Aclaré que no era actriz ni conocía sus trabajos pero me interesaba la propuesta. Sumé un montón de datos no requeridos como alias y grupo sanguíneo. También dije que era capaz de soportar dolor físico y posturas rígidas prolongadas. Adjunté una foto retocada con filtros rojos y el link a una página con mis poemas y cuentos. No podía imaginarme a nadie respondiendo un mensaje así.
Esa noche me llegó un mail. El nombre del remitente era Elvira Serio. Me agradecía por comunicarme y me repetía que necesitaba una actriz profesional o amateur que se animase a tener sexo con un muñeco. “Horrible y peludo” agregaba esta vez. Y entre paréntesis: “nada demasiado zarpado”. Prometía leer mis poemas la próxima vez que se conectara y firmaba “Ezequiel”. Más adelante me explicó que Elvira Serio era su pseudónimo cinematográfico y el nombre de su abuela materna.
Ezequiel era fanático del cine gore, el giallo, el slasher y los zombies. Llevaba realizados varios cortos independientes. Vivía de la venta de películas truchas y de empleado de mantenimiento en un cementerio. En su web encontré fotos y notas de algunos de sus proyectos: “Evita contra los vampiros oligarcas”, “El pulóver quemado de Jason” y su “Drácula Boliviano”. Intercambiamos teléfonos y lo llamé. No arreglamos un encuentro inmediato pero me dijo que en el transcurso del año me iba a convocar. Jamás leyó mis cuentos ni mis poemas.

3.

A comienzos de Febrero mi suegra tuvo un brote psicótico y se roció la vagina con insecticida. Con Guillermo llegamos por la tarde a mi casa y encontramos a mi madre pálida, temblando. Un rato antes había sonado el teléfono. Atendió y escuchó el llanto y los gritos de Laura, mi cuñada. Pensó que alguien la estaba atacando pero antes de que pudiera entender lo que pasaba, ella le cortó y descolgó el aparato.
Fuimos en remís hasta Olivos esperando lo peor. Nos atendió Laura. Estaba tranquila y sonriente. A su mamá la habían llevado al hospital y no corría peligro.
Cuando la trajeron, mi suegra nos miró como si no hubiera pasado nada. Cenó una sopa dietética e hizo chistes sobre desinfección y ladillas muertas. Antes de irse a dormir volvió a sentirse mal y dijo que odiaba la vida. No se puede odiar la vida, le dije indignada. Ella me contestó que yo no había vivido lo suficiente y no sabía.


4.

Terminaron las ocho clases introductorias del taller de guión y me anoté para la clínica anual. Éramos cinco mujeres y dos hombres. Una de mis compañeras usaba vestidos asimétricos, sombreros y plataformas de cuero. Se llamaba Judith. Tenía los brazos tatuados con hadas y a Rei Ayanami en el comienzo de la espalda. A la salida de las clases me daban ganas de hablarle pero no me animaba.


5.

El día de los muertos de 2003 mi mamá me dijo que me fuera preparando porque en 2004 se iba a morir. Todas las mujeres de su familia morían a los 69 y ella estaba a tres semanas de cumplirlos.
-Claro que te vas a morir, si fumás dos paquetes y medio por día y no dormís por ir al casino-, le dije y me fui de casa dando un portazo. El primer viernes de marzo tuvo un pre infarto.
Llamamos al Hospital de Tigre y nos mandaron una ambulancia. Necesitaban internarla pero se negó y nadie pudo convencerla.
-Al hospital de Tigre no voy, ahí experimentan con los pobres-, le gritó al paramédico.
En diez días pasó de ser una pendevieja a una ancianita a la que había que cargar en brazos y darle oxígeno. Durante una semana tosió sin parar. Me trasladé a su cuarto para asistirla por la noche. Ninguna de las dos podía dormir. Yo adelgacé cinco kilos, a ella se le inflamó el vientre y no le entraba la ropa.
La internamos un sábado de madrugada en la Clínica del Talar, en Pacheco. Se fue en la ambulancia con mi papá. Yo me quedé con mi novio. Después de varios días pude dormir más de dos horas de corrido.
Fui a verla el domingo, de mañana y de noche. En las placas sus pulmones aparecían manchados. El estómago y el corazón, demasiado grandes. En la segunda visita me pidió que le comprara una empanada.
-No podés comer empanadas, ¿no ves que te están dando suero?
-Por favor, traeme una empanada-, me pidió hasta el último minuto que estuve con ella.
El lunes a las siete de la mañana me llamaron de la clínica. Mi mamá había entrado en coma. Llegué al hospital y me senté en un banco frente a la puerta de Terapia Intensiva. A las diez llegó Dora, una amiga del barrio. Venía de visita y cuando le conté lo que pasaba me dijo que no me preocupe, que Doña María era fuerte y nos iba a enterrar a todos.
Nos quedamos sentadas charlando boludeces hasta que a las once salió un médico. Nos dijo que habían hecho todo lo que podía hacerse. Dora me abrazó y lloramos. El médico me preguntó si quería ver el cuerpo. Dora contestó que sí en mi nombre. Entramos en un salón con olor a desinfectante. Mi mamá estaba acostada en la mesa de operaciones, tapada hasta el pecho. Tenía la piel marrón y la boca abierta, sin la dentadura postiza. Al rato apareció una enfermera y nos pidió que nos fuéramos, de malos modos.
Su última voluntad era descansar junto a su madre en la bóveda familiar de Córdoba pero mi papá no quería gastar guita en el traslado. Le dije que él la había enfermado, que era culpa suya que hubiera muerto y si la enterrábamos en Buenos Aires su espíritu lo iba a perseguir. A la mañana siguiente el coche fúnebre se la llevó a su provincia.


6.

Después del entierro sufrí ataques de pánico y un cuadro de gastritis aguda. No podía dormir de noche. De día dormía poco y tenía pesadillas. Soñaba que mi mamá volvía de la muerte. La abrazaba y le decía lo feliz que me sentía de que estuviese viva. Hasta que su cuerpo se descomponía o quedaba rígido. Estuve un par de semanas sin salir de mi casa. Terminé por desconectar el teléfono, harta de la cantidad de llamadas de desconocidos para darme el pésame. Mi mamá era una persona amada, con muchas amistades. Yo no.


7

A fines de Abril, leyendo el diario me enteré de que en el BAFICI se estrenaba una película de Takashi Miike. Se llamaba Gozú y era la respuesta japonesa al terror surrealista de David Lynch. En Cannes lo habían echado después del estreno. Un dato prometedor.
Fui a un cine de Callao o Santa Fe. Me costaba hablar para sacar la entrada, estar entre la gente me daba náusea. Había lleno total.
A medida que la película avanzaba perdí el miedo y me empecé a sentir eufórica. El público gritaba, se cagaba de risa. Era el mismo vértigo de un recital punk.
Junté fuerza y asistí a un ciclo de películas de Miike en un bar de San Telmo. Vi la trilogía Dead or Alive, de nuevo Gozu, Ichi the Killer y The Happiness of The Katakuris. Me costaba entrar al bar. Después me daba miedo volver a la calle.
El ciclo abrió con la primera Dead or Alive. Cuando terminó, alguien gritó desde el fondo de bar:  “REBOBINÁ EL FINAL, HIJO DE PUTA, REBOBINÁ EL FINAL”.
Era el deseo de todos los presentes.


8

En mayo retomé las clases de Guión. Me animé a hablarle a mi compañera Judith. Las dos amábamos Evangelion y Serial Experiment Lain. Me contó que había tenido un dúo de gothic rock y grabado varias canciones pero su socio la echó del proyecto y se las quedó. Judith tenía 28 años, trabajaba en un call center y estaba ahorrando plata para un nuevo teclado. 
En casa había un Kawai que compré en la época del uno a uno, con mi sueldo de administrativa en PAMI. Aprendí a tocarlo de oído pero pronto dejó de interesarme. Mi mamá lo tocaba de vez en cuando. Improvisaba melodías ligeras que se fugaban por los recovecos de la casa. Ahora juntaba polvo en un rincón del living. Se lo regalé a Judith.


9

En junio murió mi abuela paterna y mi tío Simón, hermano de mi mamá. También murieron Sombra y Hermosa, dos perras que teníamos desde hacía diez años. Mi papá estaba convencido de que alguien las había envenenado. Yo pensaba que era mi culpa. Todo lo que me rodeaba se moría.
Escribí varios guiones pero no terminé ninguno. En todos había desmembramientos, drogas,  violaciones y mutantes con super poderes negativos. Terminaban con ascensiones al cielo, uniones hipostáticas o fusiones de cuerpos humanos y animales.
Mi novio paseaba perros. Cada tanto me pedía ayuda para integrar uno nuevo a su manada. También lo acompañaba a pegar carteles de noche, en el centro. Las crisis de su madre recrudecieron. Los vecinos se quejaban al administrador del consorcio por las peleas y los gritos. La amenaza de desalojo era constante.
La situación no podía ser más precaria pero nunca dejábamos de hacer planes. Queríamos ser nuestros propios jefes, hacer historietas y obras de teatro, escribir novelas, filmar películas, vivir en una casa cómoda. Un día le dije que tenía miedo de que nuestros sueños se volviesen realidad sólo si nos separábamos. Él se rió y yo también. Y eso fue lo que pasó, siete años después.

10

En lo más crudo del invierno fui convocada por Videotomía Films para participar del “Proyecto del Pitufo Enrique”, un duende litoraleño que asesina a jóvenes promiscuas y adictos a las drogas. Para cuando me sumé, ya existían varias horas de crudo rodadas entre El Chaco y Buenos Aires, pero, en palabras del director, faltaban algunas “muertes ingeniosas”. El título aludía al proyecto de la Bruja Blair. Lo importante no era tanto la historia como la elaboración de muertes ingeniosas y escenas con drogas y mujeres desnudas.
Me encontré con Ezequiel en un bar del centro. Era alto, de pelo largo, usaba un sobretodo negro. Me explicó lo que tenía en mente. Me pareció tan estúpido y divertido que acepté.


11

Filmamos todo en un día, Ezequiel, un camarógrafo y yo. Una escena en la casa de Ezequiel y otra en un galpón cerca del cementerio. El muñeco del Pitufo medía un poco más de un metro, tenía los ojos saltones, los dientes salidos y se parecía a nuestro ex presidente de los años 90.
Nos instalamos en una habitación que servía de depósito para los VHS. Me puse una pollera corta y una blusa con tiras, ropa descartable para cuando me bañaran en sangre artificial.
Al Pitufo lo manejaba Ezequiel. Entraba y me daba una flor. Yo la olía y sonreía. Después me  arrodillaba encima de un colchón y fingíamos sexo anal. Quedaba en tetas pero me dejaba la pollera puesta.
Antes de empezar me preocupaba la posibilidad de tentarme de risa. Pero estuve más bien ausente. Hacía todo lo que me pedían sin entusiasmo. Ezequiel y el camarógrafo parecían inhibidos por mi semidesnudez.
Para la eyaculación del Pitufo se usó un litro de yogur Laserenísima. Hubo una conversación larga entre el director y el camarógrafo sobre si era o no conveniente que el Pitufo me acabara en el rostro. De lejos dijo que no tenía problemas. Ellos dudaban. Pienso que tenían miedo de que me arrepintiera después de hacerlo.
Ezequiel roció el yogur sobre la pared y un poco encima de mí y dimos por terminada la escena.


12

Para mi muerte nos trasladamos al galpón. Hacía mucho frío y se me pusieron azules las piernas. Yo entraba buscando al Pitufo y de la nada Ezequiel, con la cara cubierta por un pasamontañas, se me tiraba encima. Me arrastraba hasta una silla y me ataba con unas medias de nylon. Encendía una motosierra, me cortaba al medio y me arrancaba las entrañas.
Las tripas de vaca estaban medio congeladas. Me las sostuve contra la panza, entre los dedos tiesos, dando arcadas inverosímiles. Sacaron la mayor parte de esas arcadas en el corte final.
Ya muerta, tirada sobre un colchón empapado en sangre casera, casi desnuda, me sentí contenta. Los chicos hicieron chistes y me reí. Me cubrí el cuerpo con un camperón y volvimos a casa de Ezequiel. En el living, su abuela, la auténtica Elvira Serio, veía tele. Me saludo sin mirarme. Fui al baño, me di una ducha y me cambié.
Con Ezequiel y el camarógrafo charlamos un rato largo en la cocina, tomando mates con galletitas. De nuestras vidas y nuestras pelis de terror favoritas. Por mi participación ad honorem fui premiada con una copia trucha de Zombie 2, de Lucio Fulci.
Es la del zombie que lucha con un tiburón bajo el mar.


13

Pasó el invierno y nadie más murió. Abandoné el Taller de Guión en octubre. Me conectaba gratis de madrugada en el cibercafé de mi ex novio y jugaba al Counter Strike online. También navegaba por foros de cine fantástico y música indie. Bajaba canciones, imágenes y libros gratis y los guardaba en mi correo electrónico.
Me angustiaba estar desocupada. Mi papá me consiguió una entrevista en una planta procesadora de productos farmacéuticos. Eran doce horas, de lunes a viernes y los sábados hasta el mediodía. No me presenté. Fantaseaba con vincularme a personas creativas y audaces, persuadirlas de realizar mis proyectos y vivir de mi ingenio.
2004 terminó. Festejé año nuevo en mi casa, con Guillermo. Nos regalamos novelas de ciencia ficción baratas y hablamos toda la noche sobre lo que íbamos a hacer en 2005.
En mi correo electrónico hay una foto que me mandé a mí misma el 9 de noviembre. Una casa grande con techo a dos aguas y chimenea, rodeada de pastos altos de color gris. Detrás se ve la línea suave de una montaña y un cielo azul pálido. Parece una casa abandonada de tan vieja, pero su deterioro irradia calor y protección.
Se la mostré a varias personas diciéndoles que era la casa de mis sueños.
Ninguno me entendió.


FIN







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