Fui a sacar un perro nuevo. Se llamaba Toti. A ninguno de mi jauría le gustó.
La dueña ni siquiera me dio la correa en la mano. La tiró a mis pies y corrió a su casa. La puerta de la casa había quedado cerrada desde adentro. Ella golpeó hasta hacerse sangrar los puños. Como nadie le abrió, terminó entrando por una ventana.
-Parece que tus dueños mucho no te quieren- le dije a Toti. Él me miró y después se lamió el pito.
-No lo pasees a ese bicho, no es como nosotros- me dijeron mis perros. Me pareció un acto discriminatorio y los puse en su lugar.
-No lo juzguen a Toti por ser mestizo. Es tan digno de ser paseado como cualquiera de ustedes. A lo mejor, más.
-Dejalo acá-insistieron ellos- nos va a joder a todos.
Toti se defendió.
-Tus perros no me quieren porque escucho mejor música. Preguntales lo que les gusta. Vas a ver con las bandas pedorras que te van a salir.
-No importa si vos escuchás música diferente a ellos, vamos a que te huelan el culo. Seguro que después les va a caer joya.
-No. Mirá.
Toti levantó el rabo.
-Mejor olémelo vos- me dijo.
-Yo no le huelo el culo a los perros. Yo soy una persona.
-¿Pero no te encanta la formita? ¿No te dan ganas de hacerme la cola?
La dueña nos vigilaba por la ventana. Hablaba y agitaba los brazos. Por sus gestos, entendí que quería que me lo llevara y no lo trajera nunca más.
-Disculpame, Toti, no quiero herir tus sentimientos-le dije. –Pero no me parece especialmente lindo tu culo y no lo voy a oler.
-Está bien, yo no quería que lo huelas, en realidad.
-Me alegro. Sos un loco, eh. Dale, vamos a que el resto de mis perros te conozca.
-¡No!- Toti volvió a levantar la cola. –Yo lo que quiero es que me entres.
-¿Qué te qué? Estás loco.
-Dale. Te quiero adentro mío.
-Toti, por favor. Me confundís, yo no hago estas cosas…
Se tiró panza arriba. Tenía el vientre rayado de cicatrices frescas.
-¡No lo mires, boludo! – me gritaron mis perros. Tuve miedo, pero si Toti estaba herido, era mi deber ayudarlo.
Cuando me agaché para revisarlo, su panza se rajó de cabo a rabo y expulsó cascadas de sangre. Mi primera reacción fue correr hacia atrás. Tal vez por eso me resbalé en un charco y caí de cabeza adentro de la carne abierta. Quedé confundido, apretujado entre los intestinos.
Adentro de Toti, escuché una voz.
-Este perro no se puede pasear. Ni con otros, ni solo- me dijo un paseador conocido. -Él no se va a adaptar a vos. Tenés que adaptarte vos a él.
No lo conocía tanto a este paseador. Ni siquiera sabía su nombre. Nos cruzábamos a veces por el barrio, yo a pie, el en bicicleta. Hablaba bajito, con un dejo de tristeza.
-¿Y qué vamos a hacer adentro de un perro?- le pregunté.
-Nada, qué vamos a hacer.
-Estoy todo apretado, me falta la respiración.
-Vení acá, detrás del hígado. Acá vas a estar más cómodo.
Me sentí más cómodo y me tranquilicé. El rugido constante de las tripas me adormecía. Pensé en mi jauría, atada a un poste y mi paz se terminó. Me los iban a robar. Me los iba a llevar Zoonosis.
-Mis perros quedaron afuera, solos. Si los pierdo, me quedo sin laburo- le dije al paseador.
-Este es el mejor perro que podés conseguir- me respondió. -Sentate acá, que hay más espacio. Bancame que saco el mate de la mochila. O si querés, nos fumamos un churrito.
No quise nada de lo me ofrecía.
Después de un rato no me habló más y me sentí muy solo.
Muy bueno Maria!!!
ResponderEliminarWalter lascialanda
genia!
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